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Familia-de-dos, cuando los hijos no llegan

“…los esposos a los que Dios no ha concedido tener hijos pueden llevar una vida conyugal plena de sentido, humana y cristianamente. Su matrimonio puede irradiar una fecundidad de caridad, de acogida y de sacrificio.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1654). En palabras personales, "pueden vivir en plenitud-aunque la historia sea diferente a lo normal."

lunes, 26 de mayo de 2014

Un nuevo comienzo: La participación en un certamen, ¡interesante!

Un poco nerviosa y al mismo tiempo agradecida por permitirme participar en
Certamen de Blogs "Familias deseadas".  Aquí comparto un poco de nuestra aventura:

Con ello me han permitido recordar aquel inicio, aquella "bendita aventura" de nuestra infertilidad. Bueno, aunque en aquellos primeros años de casados pensábamos que jamás nos sucedería a nosotros, jamás. 


Les comparto que como muchos de ustedes, empecé a escribir para desahogarme, para encontrar el rincón donde mis palabras en algún momento encontrasen el eco que tanto necesitaba. Así, fueron tejiéndose las puntadas que forjaron nuestra historia, el ser hoy, con plena conciencia y aceptación, una familia-de-dos viviendo a plenitud (sin con ello decir, que el dolor haya desaparecido por completo; de pronto como un niño pequeño, se asoma suavemente por el filo de la ventana y sólo nos sonríe, para volver a desaparecer en medio de la nada y dejando un profundo vacío que con el paso del día va desapareciendo).

En aquel 2000, cuando éramos novios tocamos el tema de “Qué pasaría si no podríamos tener hijos”…pero jamás se me ocurrió que nos fuera a pasar.  Alrededor de los 2 años de casados, abril 2003, esto era una realidad.  El panorama pintaba diferente, nuestro sueño de la “perfecta familia bendecida por Dios” no existiría.  Me costaba tanto creerlo, “me está pasando a mí”, “nos está pasando a nosotros”. Ahora venían decisiones que tomar, la vida se veía diferente, nuestro tan anhelado futuro de pronto había cambiado; pero aún nos teníamos el uno al otro.  

Nuestro tren de la infertilidad nos llevó por varios caminos, nos permitió vivir la incomprensión, la pregunta amarga  de "¿y ustedes para cuándo?". Recuerdo las estaciones un poco más dolorosas como el día de la madre, donde yo prefería desaparecer; o aquel momento cuando mi esposo hizo conciencia de que jamás un pequeñín sería su hijo, y sin más, unas cuantas lágrimas brotaron (el doble dolor de ver a tu amado así). La decisión de adoptar o no-adoptar. El sentirte menos cuando tus amigas no cesan de hablar de sus pequeños.  La dura realidad de envejecer solos. Las preguntas sin fundamento que juzgan tu decisión, que señalan tu culpabilidad, sin conocer el dolor que por dentro te lacera. Esos momentos, donde la palabra incómoda taladra: "verán que si se embarazarán, yo conozco una pareja que a los tantos años de casados lo lograron"(cuantas veces tuve que apretar fuertemente la mano de mi esposo para callar el dolor, y no injuriar con mis palabras).  Y aunado a todo esto, el dolor personal, el dolor de tu pareja, el dolor que acompaña y abraza. Muchas veces sólo me dejaba llorar en sus brazos, y él lo comprendía todo.  

Hoy ha tocado ya bajarse del tren. No fue fácil, tuvimos que aprender a soltar; a vivir el duelo de los hijos, nuestros hijos que no llegaron, pero que para nosotros existieron realmente, tenían nombres; sí, ellos existieron en nuestros sueños.  No ha sido fácil, muchas lágrimas, reclamos al Dios de la vida, enojo, culpas, negación, y finalmente la paz, la certeza de un Plan Divino de amor para nosotros. Pudiese sonar hueco e incómodo ese plan. Pero para nosotros no lo es (aunque al principio sí lo fue, pues no entendíamos nada).   Fue Dios quien entretejió nuestro matrimonio, quien nos acompañó en la travesía. Quién nos abrazo en la oscuridad más fuerte, cuando la incomprensión lo pintaba todo.  No lo culpamos a El, no culpamos a la genética, no culpamos a la pareja (bueno, pudiera decir con un esbozo de sonrisa, ya no culpamos, ya no más). En una de las estaciones del tren, hace ya algunos años, decidimos tomarnos fuertemente de las manos y bajarnos del tren.  La vida debía continuar, buscar ese propósito divino al ser una familia-de-dos.  Concluyo mi presentación con una frase que leí y no recuerdo de donde viene (y si alguien sabe, favor de decirme) pero que marcó un mucho aquel descenso del tren:

“Porque la vida es tan corta para pasarnos cada día llorando amargamente por aquello que no llegó ni llegará”

1 comentario:

  1. Qué texto tan intenso ,y qué duro por todo lo que habéis pasado, pero es admirable vuestra fortaleza,y decisión de bajaros del tren , me alegra saber que después de pasar el duelo se puede ser feliz.

    Un besito.

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